Director: John M. Stahl
País: Estados Unidos
Género: Drama psicológico / Melodrama / Film noir
Que el cielo la juzgue construye una contradicción visual extraordinaria.
La historia posee muchos elementos propios del film noir: obsesión, manipulación, asesinato, celos, culpa y destrucción. Sin embargo, prácticamente nada de esto ocurre entre sombras.
La película está inundada de luz y Technicolor. Lagos azules, bosques, montañas, casas hermosas y paisajes idílicos rodean permanentemente a sus personajes.
Esa belleza no es solamente decorativa.
Todo alrededor de Ellen parece indicar que debería ser feliz. Tiene belleza, dinero, libertad, una familia que la quiere y finalmente al hombre que desea. Vive literalmente dentro de una postal.
Sin embargo, para quien no sabe reconocer lo hermoso que tiene, nada puede llegar a ser verdaderamente hermoso.
Ellen transforma progresivamente ese paraíso en un lugar de muerte y desolación.
Richard Harland, escritor, conoce durante un viaje a Ellen Berent. La atracción de ella es inmediata y extraordinariamente intensa.
Ellen decide que quiere a Richard y rápidamente consigue desplazar cualquier obstáculo que pueda separarlos.
Inicialmente todo parece formar parte de una gran historia romántica.
Pero después del matrimonio comienza a aparecer la verdadera naturaleza de su amor.
Ellen no quiere simplemente compartir su vida con Richard.
Quiere a Richard para ella sola.
El problema es que ninguna relación humana puede proporcionar semejante exclusividad.
Richard tiene un hermano.
Tiene amigos.
Tiene intereses.
Tiene una vida propia.
Y está Ruth.
Cada persona capaz de recibir una parte del afecto de Richard comienza a convertirse, para Ellen, en un competidor.
Ellen Berent — Gene Tierney
Es el centro absoluto de la película.
Hermosa, elegante, decidida y aparentemente enamorada, Ellen va revelando progresivamente una personalidad dominada por la posesión y la competencia.
Su tragedia consiste en ser incapaz de disfrutar aquello que consigue.
Siempre necesita algo más.
Y cuando finalmente posee aquello que deseaba, inmediatamente aparece el miedo de perderlo.
Ellen no parece distinguir claramente entre amar a una persona y poseerla.
Richard Harland — Cornel Wilde
Es el objeto central de la obsesión de Ellen.
Richard ama a su mujer, pero necesita algo que Ellen es incapaz de ofrecerle: una relación en la cual pueda continuar siendo una persona independiente.
Su aparente pasividad resulta también necesaria para comprender la historia. Durante demasiado tiempo interpreta la intensidad de Ellen como amor antes de comprender que está atrapado dentro de una relación profundamente destructiva.
Ruth Berent — Jeanne Crain
Representa exactamente aquello que Ellen nunca puede conseguir mediante la competencia.
Entre Ruth y Richard existe una afinidad natural.
No necesitan demostrar permanentemente aquello que sienten. Pueden conversar, compartir intereses y simplemente estar juntos.
Esa naturalidad resulta insoportable para Ellen porque descubre que existen vínculos que no pueden conquistarse por la fuerza.
Danny Harland — Darryl Hickman
El hermano de Richard se convierte en la primera demostración definitiva de hasta dónde puede llegar Ellen.
Richard lo ama profundamente.
Y precisamente por eso Danny se transforma en un rival.
La película desarrolla lentamente la transformación de nuestra mirada sobre Ellen.
Al principio su intensidad puede confundirse con pasión.
Después aparecen pequeñas incomodidades.
Más tarde, celos.
Finalmente comprendemos que aquello que parecía un amor extraordinario posee una dimensión monstruosa.
La película no necesita grandes revelaciones repentinas. Su eficacia consiste en permitir que una misma personalidad vaya adquiriendo progresivamente un significado diferente.
Aquello que inicialmente parecía romántico termina resultando aterrador.
El paraíso imposible
Ellen parece perseguir durante toda la película una fantasía muy concreta:
un mundo compuesto únicamente por ella y Richard.
Pero ese mundo nunca llega.
Siempre está la familia.
Danny.
Los amigos.
El trabajo.
Ruth.
Incluso un futuro hijo.
Ellen interpreta cada presencia como aquello que impide finalmente alcanzar la felicidad absoluta que imagina.
Sin embargo, el espectador termina comprendiendo algo que ella nunca consigue aceptar:
el problema no son los demás.
Aunque todos desaparecieran, surgiría inevitablemente otro obstáculo.
Porque aquello que Ellen desea no puede existir.
Amar a alguien implica aceptar que esa persona posee una existencia independiente y que puede amar también a otras personas.
Ellen no puede aceptar ninguna de las dos cosas.
El lago
La muerte de Danny es probablemente la escena más extraordinaria de la película.
Todo continúa siendo hermoso.
El lago.
El cielo.
La naturaleza.
Ellen permanece sentada en la embarcación con sus anteojos oscuros mientras Danny comienza a agotarse.
Ella no necesita atacarlo.
Solamente necesita no ayudarlo.
Y observa.
La escena resulta todavía más perturbadora porque la película permite comprender durante unos instantes el razonamiento interno de Ellen.
Danny representa para ella aquello que permanentemente le impide estar sola con Richard.
Cuando comienza a ahogarse, Ellen encuentra una solución monstruosamente sencilla: dejar que el problema desaparezca.
La muerte ocurre así en medio de uno de los paisajes más hermosos de la película.
Un crimen dentro de una postal.
Toda la contradicción de Que el cielo la juzgue queda concentrada en esa escena.
El hijo que tampoco puede existir
El embarazo debería representar la unión definitiva entre Ellen y Richard.
Pero incluso ese hijo introduce una contradicción imposible para ella.
Un hijo de Richard sería también alguien a quien Richard amaría.
La maternidad exige precisamente aquello que Ellen no puede hacer: compartir.
Por eso incluso algo nacido de la relación que obsesivamente intenta proteger termina convertido en amenaza.
Esto confirma que Danny nunca fue realmente el problema.
Tampoco Ruth.
El problema estaba en Ellen.
¿Amor o trofeo?
La película deja una pregunta inquietante.
¿Ellen ama realmente a Richard?
Probablemente sí.
Pero también necesita ganar.
Desde el comienzo existe en ella una dimensión competitiva. Richard parece convertirse simultáneamente en hombre amado y objeto conquistado.
Por eso ambas posibilidades quizá no puedan separarse.
Para Ellen, amar y poseer forman parte del mismo sentimiento.
Ruth representa entonces algo especialmente peligroso.
Ellen puede competir contra otra mujer por Richard.
Lo que no puede soportar es descubrir que Richard y Ruth poseen espontáneamente aquello que ella lleva toda la película intentando conseguir por la fuerza.
La última victoria
El suicidio lleva la lógica de Ellen hasta su conclusión extrema.
Cuando comprende que ya no podrá conservar a Richard, todavía puede impedir que Ruth lo tenga.
Entonces convierte su propia muerte en una última arma.
Es una decisión extraordinariamente oscura.
Ellen está dispuesta a perder a Richard.
Está dispuesta a perder su propia vida.
Lo único que no está dispuesta a aceptar es perder frente a Ruth.
Su cadáver se convierte así en la última jugada de una competencia que únicamente existe plenamente dentro de ella.
Incluso muerta intenta continuar poseyendo a Richard.
Que el cielo la juzgue plantea una diferencia fundamental entre amor y posesión.
Amar significa aceptar que la persona amada posee un mundo propio.
Ellen quiere exactamente lo contrario.
Pretende convertirse en el mundo completo de Richard.
Y como eso resulta imposible, comienza progresivamente a destruir todo aquello que compite con ella.
La película muestra así que ninguna cantidad de belleza, riqueza, amor o privilegio puede hacer feliz a alguien incapaz de reconocer aquello que posee.
Ellen no vive en un mundo desgraciado.
Ellen convierte en desgraciado el mundo que la rodea.
La decisión de contar una historia tan oscura mediante imágenes tan luminosas constituye una de las mayores originalidades de la película.
Visualmente parece un melodrama romántico.
Moralmente es prácticamente un film noir.
Esa contradicción evita la asociación tradicional entre oscuridad visual y oscuridad psicológica.
El mal no necesita vivir entre sombras.
Puede encontrarse sentado tranquilamente bajo el sol, en una embarcación, contemplando un lago perfectamente azul.
También resulta extraordinariamente moderna la construcción de Ellen. La película no necesita ofrecer una explicación sencilla para su comportamiento ni convertirla en una villana convencional.
Su propia personalidad constituye el conflicto.
Que el cielo la juzgue posee un argumento original y una forma todavía más original de desarrollarlo.
Su gran acierto consiste en colocar a un personaje profundamente oscuro dentro de un mundo completamente luminoso.
Ellen parece tener absolutamente todo aquello que podría necesitar para ser feliz y, sin embargo, nada resulta suficiente.
Cada victoria crea inmediatamente una nueva amenaza.
Consigue a Richard y debe apartar a Danny.
Elimina a Danny y aparece el futuro hijo.
Después está Ruth.
Y cuando finalmente comprende que ya no puede ganar, está dispuesta incluso a destruirse para conseguir que su rival tampoco pueda hacerlo.
Hay algo trágico en Ellen porque su verdadera maldición no consiste en que el mundo le niegue la felicidad.
Consiste en que ella es incapaz de experimentarla.
El paraíso está permanentemente delante de sus ojos y nunca puede verlo.
La escena del lago resume magistralmente toda la película: una mujer bellísima contempla impasible una muerte mientras permanece rodeada por un paisaje extraordinariamente hermoso.
La oscuridad no está en el mundo.
Está en ella.
Y después de toda la muerte y destrucción que Ellen deja a su paso, la película recupera finalmente el orden. Richard sobrevive, Ruth lo espera y ambos pueden comenzar aquella relación que parecía haber estado silenciosamente presente desde que se conocieron.
Y nuevamente se cumple nuestra inesperada regla del cine clásico:
los malos pierden, el protagonista sobrevive y vuelve a quedarse con la rubia.
Aunque esta vez, para conseguirlo, primero tuvo que sobrevivir a otra.