Director: Paul Thomas Anderson
País: Estados Unidos
Género: Drama / Psicológico / Épico
Monumental y oscura.
La tierra, el barro, el petróleo, el fuego…
todo parece primitivo, casi bíblico.
el mundo no se siente civilizado,
sino salvaje.
La fotografía transmite una sensación constante de incomodidad.
Incluso cuando hay riqueza, no hay belleza.
La historia sigue el ascenso de Daniel Plainview, un hombre que transforma el petróleo en poder.
Pero la película no trata realmente sobre negocios.
Trata sobre:
cómo una fuerza vacía y destructiva
puede expandirse a través de una sociedad.
El relato muestra el crecimiento económico…
mientras el alma del protagonista desaparece.
Daniel Plainview — Daniel Day-Lewis
Eli Sunday — Paul Dano
H.W. Plainview — Dillon Freasier
Daniel no parece un hombre común.
Parece una presencia.
Algo frío, incapaz de amar realmente.
Hipnótico, absorbente.
La película atrapa desde el comienzo
y nunca abandona esa sensación de amenaza silenciosa.
La película presenta una visión profundamente pesimista de la sociedad.
Daniel no es simplemente ambicioso.
es una forma del mal.
No siente empatía.
Las personas para él son:
herramientas
obstáculos
riesgos
Y el petróleo funciona como símbolo perfecto:
algo oscuro que surge desde las profundidades
e infecta todo lo que toca.
El pastor
Lo más inquietante es que no existe verdadera oposición moral.
Eli Sunday, el pastor, no representa el bien.
Representa otra forma de corrupción.
Uno domina mediante el dinero.
El otro mediante la fe.
Y aunque se odian…
también se necesitan.
el lobo necesita al pastor
para acercarse al rebaño.
La ausencia de salvación
La película no ofrece equilibrio.
No existe un héroe moral.
No existe un Van Helsing contra el monstruo.
Por eso resulta tan asfixiante:
el mal avanza sin verdadera resistencia.
Extraordinaria.
No construye un villano clásico,
sino una presencia casi abstracta:
el capitalismo como infección espiritual.
Es una película fascinante y profundamente perturbadora.
Daniel Plainview no parece humano.
Parece una gangrena que se expande por el mundo
a través de la ambición y el poder.
Y lo más terrible es esto:
no hay caída moral.
Daniel no se corrompe.
Simplemente revela lo que siempre fue.
El final no muestra una derrota.
Muestra un vacío absoluto.
Una obra oscura, pesimista,
donde ni la religión ni el dinero ofrecen salvación…
porque ambos ya forman parte de la misma enfermedad.