Director: Claude Chabrol
País: Francia
Género: Comedia negra, thriller ligero, juego moral
Chabrol filma sin adornos:
una cámara discreta, casi invisible, que mira a los personajes como si fueran insectos moviéndose en una superficie lisa.
Nada es espectacular; todo es funcional.
Los ambientes —hoteles, autos, casinos pequeños, salas anodinas— son un espejo del vacío interior:
lugares sin alma donde solo el movimiento importa.
La estética acompaña el tono: un mundo gastado, sin épica ni drama, donde la vida es apenas un truco más.
Victor y Betty son dos estafadores profesionales, unidos por una relación ambigua:
ni amantes del todo, ni socios del todo, pero incapaces de separarse.
Viven de engañar a incautos en pequeñas movidas, hasta que Betty decide apuntar más alto:
estafar a otros estafadores.
Empiezan entonces una cadena de engaños donde las lealtades se cruzan, se rompen y se vuelven a armar según la conveniencia.
El argumento juega a ser intrincado, pero en el fondo es simple:
dos personas que solo se entienden cuando conspiran juntas.
Al final, más allá de los planes y las traiciones, lo único real es que ellos dos son el único hogar que tienen.
Victor: Michel Serrault
Betty: Isabelle Huppert
Otros personajes secundarios como piezas descartables del juego, sin verdadera profundidad dramática.
Fluido, pero sin urgencia.
Chabrol evita el suspenso clásico: no busca tensión, busca observación.
La trama avanza con calma, a veces se vuelve confusa, como si imitara el pensamiento circular de sus protagonistas.
El ritmo deja claro que lo importante no es la estafa, sino la dinámica enfermiza y fascinante entre Victor y Betty.
La película no tiene moraleja —y esa es su moraleja.
Chabrol mira a estos estafadores sin condena ni romanticismo.
Para ellos, la vida solo tiene sentido si es un juego:
engañar para existir, traicionar para sentirse vivos.
No hay redención ni caída trágica:
solo la constatación de que hay seres que necesitan el riesgo para sentir identidad,
y que fuera del engaño no hay nada que los una.
Más ligera que los Chabrol “fuertes”,
esta película es casi una broma cruel:
toma un género serio —el thriller de estafadores—
y lo vacía de épica, de glamour, de moral.
En vez de grandes revelaciones, ofrece pequeños enredos.
En vez de un final contundente, deja un sabor ambiguo, casi trivial:
como si la vida misma fuese un truco mal hecho pero inevitable.
No va más me pareció sencilla en su argumento, incluso algo menor para Chabrol.
Pero dentro de esa simplicidad hay un retrato interesante:
dos seres que no saben amar ni vivir fuera del engaño,
dos solitarios que solo encuentran sentido midiendo su astucia con otros.
La confusión narrativa refuerza la idea de que en su mundo nada es claro ni verdadero.
Y ese final —sin grandes revelaciones— deja una sensación de leve desazón:
que para algunos la vida es un juego sin fichas,
y que cuando todo se acaba, lo único que queda es el compañero de truco, el cómplice,
porque fuera del engaño no existe identidad posible.